Avatares de una fotografía.

Cuando intentamos revivir una fotografía, le damos vida a viejos recuerdos que dormían pendientes de nuestros sueños, cargamos con una sonrisa, la mimamos, la coloreamos, sin darnos cuenta que ya el arcoíris perdió sus embrujos  y como fondo aparecen personajes ajenos, vestidos con rostros de otros tiempos, conjurando a los espíritus. Las campanadas del lento reloj del parque nos anuncian que no vale la pena, aunque nos empeñemos en disfrazarla, nunca será eterna porque no forma parte de la cofradía, ni es su destino.
 No hay por qué culpar a las palabras dichas al silencio para que nos devuelvan el misterio del abandono del rostro de la fotografía, nadie pudo borrarla porque en esa fotografía estoy yo, traté de esconderme y no lo logré, es un raro pedazo de mi alma, me refugio en esa sonrisa que quiero salvar para la eternidad, me niego a desaparecer o a escapar de la foto como un alma en pena, ahí se quedará aunque termine en algún cajón olvidada donde se apolillan los recuerdos de sonrisas desteñidas por el tiempo o irá languideciendo en la prisión de un marco o renacerá de nuevo al amor cuando un renombrado pintor la descubra y acabe en uno de sus lienzos.
No importa, no harán falta palabras rituales, ni evocar voces sagradas para el sacrificio, tampoco nadie alzará la voz, pero quedará  en el recuerdo el embrujo de aquel rostro que nos acariciaba desde una cautivadora sonrisa y con inocencia se escondía de los hechizos del poeta. Tal vez  aparezca dentro del bolsillo de alguna chaqueta y no logre borrarla del tiempo y quedarán sus huellas en la sonrisa que un día quise inventarme para ti.
georgina miguez lima ©.

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