Edelmirita VI


  Muchas historias se fueron desencadenando a partir de su muerte y la presencia de la hechicera beata en los funerales. Era del conocimiento de todos que Gregorio Santisteban  Lorenzo, habría dejado más de un centenar de hijos por la zona. Años más tarde cuando se destapó la olla, resultó que casi todos los habitantes del pueblo eran sus hijos, legítimos o no, porque a algunos les daba su apellido y otros tuvieron que cargar con el amuleto de bastardos, pero eran hijos biológicos, eso lo contó la propia Ramona, porque era la comadrona  y todos los nacidos y los que estaban por nacer pasarían por sus manos en Villarroya. Aunque con Goyito todos se confundieron, a este ella lo crió después que la madre expiró el último aliento en sus brazos y ella se quedó con el niño y la lástima por la muerta. Más bien lo malcrió, porque el niño siempre mostró su cara fea, era violento, enamorado de todas las mujeres que se encontrara por el camino, casadas o no y se decía que abusador con las que estuvieron a su lado, por eso a nadie llamo la atención que la guantanamera un día  en la fiesta de disfraces le atravesará el corazón con un puñal. Entonces se avivaron los rumores y los recuerdos del pueblo tomaron la palabra y las historias pasadas volvieran a la palestra como acabaditas de salir del horno, hasta los muertos protectores se removieron en sus tumbas, pero la que más conmovió fue el que Edelmira y Goyito fueran hermanos. Todos comenzaron a identificar a Goyito con aquel hombre que era visita asidua a la casona, donde ella lo recibía y prodigaba su amor, porque nunca dejó de protegerlo, así era de noble el corazón de la mujer que traía al pueblo alebrestado, cargado de historias, reales o no.
Durante el ritual, ella estuvo a su lado y solo cruzó algunas palabras con la comadrona,  no se escuchó su voz en todo el recinto, solo sus ojos gritaban la pasión que la consumía.  No quedaron dudas que aquella mujer escapada de un lienzo amaba, sus ojos recordaban que estaba viva y que dentro de aquel cuerpo ardía una gran pasión. Sus ojos la delataban, se escapaban acariciadores. Amaba, solo faltaba el nombre, que en Villarroya era lo último siempre en saberse. Sus manos rozaban el rosario, lo acariciaban y  sus ojos fijos en la puerta devoraban al sacerdote que acababa de entrar.
Arcadio Rojas llenó todos  los espacios de la humilde casa de Ramona, allí estaba, robusto y arrogante, como un Dios. Sus ojos inquietos besaban apasionados todo cuanto tocaran, así era este varón que por cosas del destino había renunciado al placer terrenal...Era todo un desafío entre la inocencia y el pecado.
La bella mujer posó sus mirada aterciopelada en los ojos brujos del santo varón, cualquiera que estuviera al tanto descubriría, que los labios  rotos de tanto soñarlo lo seguían por toda la improvisada pira funeraria. Un tropel en avalancha salían a borbotones de caricias y besos dirigidos al padre Arcadio Rojas que se mostraba como un monumento al amor que tal vez el atuendo de sacerdote más lo acentuaba, pero al acercarnos nos parecía un Dios irreverente y audaz que miraba con deseos de hombre a la hembra que se le ofrecía. Nadie parecía advertirlo, solo una sonrisa socarrona del viejo Dámaso nos decía que el amor había tocado en la puerta de la sacristía y era correspondido.

georgina miguez lima ©.

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