Nuestros pecados como adornos

Hay veces que en la huida regresamos con nuestros pecados como adornos cuando abrimos la puerta del tiempo escurridizo que nos sonríe burlón y vemos las muecas  que confundimos con guiños coquetones y nos atamos a ellos  porque necesitamos de esas miradas que acompañan a los ojos cuando desde lejos nos hacen señas mimosas pero al acercarnos son simulacros de sonrisas que creíamos nuestras.
Comenzamos la huida y sentimos nuestras culpas como pecados y el miedo de abrir nuevas puertas. Descubrimos que siempre ha habido una carrera en estampida, huyendo de las palabras a medias, crueles, que lastiman la osadía de sentirnos princesas de un castillo de agua en medio del desierto, de conversaciones sin palabras lisonjeras que nos provocan inventarnos paisajes, nos vamos dando cuenta que están vacías de significados, que tenemos que salir a buscarlos en otros discursos, desde tribunas ajenas, que nunca fueron pronunciados para nuestros oídos curiosos.  

No, no dijeron nada, solo la posibilidad de inventar esos fantasmas alargados que lejos de asustarnos, nos convocan a retruécanos desentonados, apiñados en una torre de Babel que cuando los desentrañamos, nos anuncian que no hay futuro porque lo consumimos en un pasado que nunca existió y el presente es un preámbulo a la soledad donde todos callan. No hay argumentos que puedan satisfacer los monólogos internos del alma porque nunca fuimos nada, solo lo que en momentos de locura, las musas equivocadas y prohibidas nos inventaron. Sentirnos eternamente apresados entre el mañana y el pasado, el presente, la utopía que cada amanecer nos inventamos.
georgina miguez lima ©.

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