Dos cuentos de Pedro Merino.

arcodereflejos.blogspot.com

 Graduado en Ciencias Bibliotecarias por la Universidad de La Habana en 1994. Su primer libro publicado fue el Premio de Novela Breve Juan March 2003 en España con Operación ¨Fula¨. También ha publicado Pan con tomates verdes: cuentos (,EE.UU, 2010), El pescador y la cámara: cuentos ( EE.UU, 2011), y La laguna roja: cuentos ( EE.UU, 2011). El cuño (EE.UU 2011), El caso Jimaguas (EE.UU 2011), entre otras novelas. Es autor de una serie policial donde intervienen los personajes del capitán Veitía y su ayudante Rodríguez.



El sobre amarillo (cuento)

autor: Pedro Merino

Camino derecho. La vista recta guía mi intuición. Me gusta mi trabajo, pero a veces las personas no comprenden que tengo que cumplir con mi deber.
Paso una cuadra. Cruzo la calle. La dirección es Desamparado 5678 00. Los ceros deben sobrar, aunque los de la izquierda son los que no valen, porque he visto una enumeración de cuatro dígitos... Doblo a la derecha. Llegué.
Empujo el portón y a ambos lados, hileras de puertas de madera cerradas y ventanas arriba, casi abiertas, me incitan a pasar por en medio de tendederas, unas al alcance de mi estatura, otras levantadas con una vara.
—¡Roberto Menéndez! –grito–. ¿Es Roberto... sí?
Una mano sale de entre las hojas de una puerta y me indica hacia el fondo.

Mis zapatos son los primeros en humedecerse por un salidero albañal. Aprovecho para revisar en la mochila demás nombres y apellidos, a ver cuál de ellos se encuentran en casa. Paso una puerta que tiene un ojo gigante. Otra puerta pintada esboza una lengua con un puñal en el centro que la inmoviliza. Avanzo. Entreveo en el piso un plato con dulces y frutas, para un santo, y pienso que si fuera un guayabito me diera un gran banquete. El orine y la mierda hacen que me tape la nariz con el pañuelo.
Los vecinos de enfrente casi se vuelven locos. Me ven y no me preguntan lo que no entienden.
¡Le llegó, le llegó la salida!, gritan extasiados por la vecindad.
Unos brazos abren la empotrada puerta de hierro y cristal:
—A quién busca.
—A Roberto...
Me interrumpen los conciudadanos.
¡Ya tú ves que todo llega en la vida!, irrumpe una vozarrona. ¡Te llegó el bombo, Robectico, el sorteo de emigración!, ¿no te lo dije?
—Espérense, señores.
Calmo al gentío.
—Esto es...
Ocvídate, broe, ¿qué bolá con mi aché?, me dice otro con cara de yo-no-sé. ¿A mí me llegó también?
—Mi hermano, esto es...
Me interrumpen otra vez.
Todavía no he sacado los sobres amarillos y me van a regalar un vaso con algo líquido. Sin inspeccionarlo me lo trago como medicina. Para mí es mejor que el café. Me manda a pasar sin señalarme un asiento. Sin embargo, Roberto... Robertico no está seguro y me pregunta:
—¿Qué traes ahí, muchachón?
—Ah, usté es ... Robeeerto Menéndeeez.
Le respondo con eco y humorismo.
—¡Ño! –cierra los ojos.
Me ha cambiado la cara al ver la notificación.
—Compadre –dice Roberto–, pero si es... el agua.
¡¿El cobrador del agua?! , se sorprende un vecino.
—No, yo soy...
¡El gas! ¿Usté viene a “cortarlo”?, me pregunta la mujer de Robertico.
—¡Nooo! –grita Roberto–. ¡No es el gas ni el agua... es la luz, coño!
—Sí.

Ya me descubrieron.
—Yo soy el inspector.
Observo que el billete verde que me iba a regalar de propina lo ha retirado.
—Mire, cálmese, es que a usté se le advirtió respecto al fraude eléctrico, o sea, el tomar corriente que no es suya, y este sobre amarillo, esteee, aquí dentro está la citación para el Tribunal de Justicia. Bueno, familia, chao... y gracias por el “veneno”.
—¡Suéltale el perro, coño... suéltalo!
Me despetronco a correr. Resbalo por un patiñero cerca del portón. No tengo con qué limpiarme y escucho: ¡Pero si estaba vestido como un cartero!, cuando el jau-jau sin bozal viene hacia mí. Cierro de un portazo y quedo en la calle como hace un rato y pienso que hoy no cumpliré con mi deber... qué alivio. Al fin. Get out!

Nota: publicado en la revista Extramuros, La Habana, 2005


LOS INCULPADOS (cuento), de Pedro Merino

Autor: Pedro Merino

I

Fuera del perímetro de la Unidad Militar, un civil rondaba. Se aproximaba a la cerca. Veía por los agujeros la despensa, al lado del comedor. Hacía varias semanas esperaba un cargamento de latas de carne rusa. Aquel día observó que sacaban latas mohosas. Las trasladarían hacia un pozo ciego, donde las incinerarían. Muchos años guardadas para tiempo de guerra. El oficial responsable confundió la fecha de vencimiento. No le dio curso a tiempo para renovarlas por el nuevo surtido.
El civil se ocultó en la manigua. Dio vueltas por los caseríos. Se preparaba para la ocasión, mientras escuchaba las voces de los militares. Esperaría el horario de la comida. Más tarde el comedor quedaría desierto. Sólo la posta: el vigía que pensaba en la calle, contaba las estrellas, chiflaba. Tal vez encendería un cigarro después que pasara el oficial de recorrido. Miraría entre la oscuridad, sin miedo, con el fusil diagonalmente recostado al abdomen. Nadie se atrevería a cruzar el sector que custodiaba. Lo acabaría con los proyectiles fosforescentes que ubicaban la dirección del objetivo en la noche.

II

A lo lejos una música inundaba las orejas de los reclutas. Llegaba desde los caseríos. A paso camino se llevaba la misma distancia entre soldados y a dos filas en ambos extremos de la calle que los dirigía hacia la Comandancia de la Guardia, un sargento instructor al mando de la guardia entrante daba la voz de: ¡Deten...gan...paso!...¡Descansen...rompan!...¡¡fila!!
Los primeros postas habían remplazado a los últimos de la guardia saliente. Los venticinco postas lo componían reclutas nuevos (podríos) y reclutas viejos (los de El Tiempo). Kendry Silva estrenaba su fusil AKM. El uniforme le quedaba como a un maniquí. Miraba el arma. Se acordaba de los juguetes, el día de los Reyes Magos. Aunque incómodo no extrañaba la vida civil: quería la militar al principio. Dejó de escucharse la música. Le tocaría la posta del comedor.
Bueno, caballeros, decía un recluta, psss...silencio que va a hablar El Tiempo. A los podríos, ¡atención! : no quiero jueguito con el AKM. El seguro puesto y el cañón hacia abajo.
Eran cinco postas ubicadas en lugares estratégicos. La noche era una tiniebla con brillitos en el cielo. En el campo las penumbras descubrían las postas. Los albergues pernoctaban como sepulcros.

III

Un civil regresaba con otro. Musitaban agachados en el hierbazal. El resplandor de la luna los envolvía de un mismo color. Parecían camaleones nocturnos. Afincaban las jabas. Se ajustaban los cordones. Esperaban el cambio de postas por la esquina del comedor. Las luces de su interior, semejante a linternas, los beneficiaría en la penetración.
Viene el cambio; no te muevas, le decía, que es un chamacón. ¿El cocinero no te engañó... descargaron hoy? Por si las moscas, lo comprobé.
Los nervios eran una soga tensa. Las miradas, de lechuza en cautela. A penas una voz levantada, un ruido por el matorral, estorbaría a la sorpresa.
Los civiles esperaron que el recluta se entretuviera. Imaginaba en la oscuridad la época del Pre, las fiestas, las muchachas, y los amigos. Entre la imaginación y la oscuridad, dos siluetas se arrastraban. Gateaban por el césped. Bordeaban las luces exteriores. Arriba, una ventanilla era el túnel para el más flaco.
Están al lado del cuarto frío, pensaba. Las latas vencidas cuáles son... ¿aquéllas? Kendry Silva empezó a chapotear las botas en un charquito de la acera. El calzado le molestaba. El civil que estaba en el pasillo abrió más los ojos y observó a los lados. Dio unos toquecitos con el dedo de en medio en la puerta. El de dentro dejó de pensar, mientras acomodaba las latas en las jabas. Fue hasta la puerta y miró a la ventanilla. Estaba alta. Colocó unos cajones de madera y subió con una jaba. Siseó con los labios. Sacó la jaba por la ventanilla: afuera la receptaba el otro.

IV

Dos de las postas, custodiadas por podríos, habían acordado disparar hacia el cielo para formar una atmósfera agitada por la Unidad. Para distraerse.
Al sonar el primero, el segundo, en otra dirección, dio a entender que había intrusos entre la granja de pollos y los albergues. Después se escucharon ráfagas de tiros.
La posta del comedor estaba a más de cien metros. El sargento instructor fue despertado por el Oficial de
Guardia, quien estaba al mando de la Unidad.
Salgento, ¿qué lo que pasa?
—Voy con el grupo de retén hacia allá, capitán.
—No me folmen cabecita e playa. Mira a vel la  po´ta de la granja e pollo, ¿oyó?
El sargento partió con cinco reclutas hacia las postas del tiroteo. Un silencio sometió a la posta de los albergues; pero de las literas se escucharon blasfemias. El sueño entorpecido. Las clases de política del día anterior. La marchadera por la noche y ahora los disparos.

V

Siseó otra vez. Dejó caer la jaba: el de afuera la capturó sin incidentes. A los pocos segundos los civiles cargaron la mercancía. Por el mismo lugar donde entraron, saldrían.
De repente los disparos. Se miraron. Caminaron a prisa. Un calambre les subió al pecho. Las piernas se le doblaron. Acuclillados no concebían qué había sucedido. Los pollos, hay líos en la granja, pensaron, hay que salir por el aire, ¿junto con las balas?
Uno de los civiles era reservista. Hace años en una movilización supo que el peine de un AKM portaba treinta proyectiles. Cada cinco balas ordinarias hay una trazadora: las ordinarias abren un a g u j e r i t o; pero las trazadoras desprenden miembros, el brazo junto con el hombro y son capaces de perforar una pared de concreto.
Se lo contó al camarada. No lo quería creer. Trataron de orientarse al salir de las sombras del comedor. La fuga debía ser más lenta. Eran invisibles, pero palpables. El tiroteo: a ráfagas.
Los albergues se despertaban. Los amodorridos reclutas insultaban a los dioses. Las balas siseaban por las oscuridades.
Un civil soltó la jaba. Levantó el tronco. Corrió hacia una plancha de zinc que alertaba por afuera: NO PASE ZONA MILITAR. Kendry Silva, a pesar de haber oído los disparos, se entretenía en los recuerdos de la beca, las fiestas, las parejas, las piernas de un amor. Se desabotonó la portañuela y... Notó como si se le desglosara la vista. Unas llamas de la ilusión. Vio que la fantasía se movía.
—¡Alto!...¡Alto, quién va...!... ¡Alto o disparo!
Soltó un rafagazo que reventó una loma de tierra. Las piedrecitas le saltaron al rostro. Volaron muchos metros. El fango compactado se transformó en un fardo de niebla. Mantenía el fusil inclinado. No veía de un ojo. El cañón del AKM eyaculaba entre el sector de la posta del comedor y la posta de las oficinas de los oficiales.

El sargento instructor escuchó el eco a su espalda y sacó la pistola:
—Ustedes dos, síganme. Rodríguez, te quedas al frente; vean qué sucedió...
Los civiles corrían por el césped. El ex recluta no había soltado la jaba. Logró desplegarse en dirección a un hueco de la cerca. Kendry Silva gritaba como si estuviera en una sala de operación. Invocaba a la madre, a los hermanos. Corría a la redonda y tropezaba con los accidentes del terreno sin soltar el fusil.
El sargento y los dos reclutas llamaron a Kendry y no respondió. Escucharon aflicciones en la oscuridad. Lo agarramos, dijo el sargento al enfundar la pistola. Kendry Silva apuntó el fusil hacia la cerca. Miró con el ojo sano y apretó el gatillo: le despedazó el mocasín a un civil. Viró el cañón...
Los militares comenzaron a dispararle a una silueta por la cerca. En medio del césped otra silueta se levantó; sin embargo, volvió a caerse y se retorció en la hierba.
Cesaron los disparos. Un recluta encontró al afligido. Kendry no deliraba y sentía frialdad.
¡Sargento...no es...se nos va!, confirmó uno de los reclutas. ¡Me caso endiezcabrón, coño, se lamentó el sargento, ahora sí me cagué!

VI

SARGENTO INSTRUCTOR:
/Yo no fui/.../Pasé mi preparación táctica en El Cacho y estuve en Angola/... /Cuando sentí los segundos rafagazos/.../Dividí al grupo y me fui con dos soldados/.../De verdad que no vi a nadie/.../Bueno, agarramos a un civil/.../Había soldados que hacían guardia por primera vez/.../Sí, pero el muerto no es mío/.../Era Kendry y tenía un agujerito por la espalda. De mi pistola no salió/.../De los cinco postas, dos eran soldados viejos/.

RETÉN 1:
/Ni yo tampoco/.../Del llamado 21/.../A mí no me orina nadie, caballeros, la mierda no es mía, qué va, deja éso/.../Disparé porque me dispararon/.../¿Eh?, un fuego cruzado...era de noche, no veía/ .../Yo sí cumplí con el reglamento/.../Na‛, na‛, los proyectiles del AKM abren un hueco más grande/.../Me picaron al lado/.../Hice fuego también/.

RETÉN 2:
/Nunca había cogido un arma a no ser en las prácticas/.../Del llamado 23/.../Era mi amigo/.../Fuimos compañeros de estudios/... /Yo no sé... fue tan rápido/.../Es que, antes de la guardia, yo escuché a dos de mi llamado que iban a formar un tiroteo pa joder/ .../Sentí las balas próximas.../.../Ibamos los tres pegados a la cerca, usté sabe/.../Yo no quería, oficial, yo no quería tirarle... ¡pero me obligó!/



Los enjuiciados esperaban el resultado de la autopsia. Pensaban en la noche anterior. Reían de veras. Contemplaban el rostro de los familiares por un cristal. Sudaban debajo del brazo. Se levantaban. De un lado a otro caminaban. Se detenían. En la quietud física había un movimiento mental.
Jugaban dominó. Todos contra todos, porque no hacían las dos parejas. Cuando uno se pasaba con ficha, el siguiente también. Si la ficha no coincidía, el de atrás no le rectificaba, aunque viera el error.
El forense contemplaba a una baja más. Un soldado menos que no enfrentaría a los americanos. Un joven que no llegó a ser viejo. Extraía el proyectil del pulmón: hemorragia interna. Se lo pasaba al experto en balística. Lo examinaba.
Descolgó el manófono. Un timbrazo desde el Hospital Militar remolineaba en el oído del Oficial de Guardia. Se levantó y miró a través del cristal. Vio que jugaban dominó...
No poedo creerlo, salgento. Do saño e privación e libertá: salió e tu   pi´tola.
Publicado por Arcos de Reflejos en miércoles, septiembre 01, 2010 



Comentarios

  1. Joven prometedor de la nueva narrativa cubana, sus temas los trae en sus bolsicos desde Cuba y sus conflictos, los personajes cubanísimos hablan el lenguaje deformado de los jóvenes de la isla, en un lenguaje directo, acuñado por el estilo del escritor que sabe ubicar a sus protagonistas en su medio, donde el diálogo se adueña del ambiente y sentimos que estamos en medio de la trama.

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