Alta noche y La negra y la rosa.

  The old man... NY...

La imaginación, como dijo Baudelaire
es la reina de las facultades".

¡New York solitario sin un cuerpo!... Y voy despacio, Quinta Avenida abajo, cantando alto. De vez en cuando, me paro a contemplar los enormes y complicados cierres de los bancos, los escaparates en transformación, las banderolas ondeantes en la noche…Y este eco que, como dentro de un aljibe inmenso, ha venido en mi oído inconsciente, no sé desde qué calle, se acerca, se endurece, se ancha. Son unos pasos claudicantes y arrastrados como por el cielo, que llegan siempre y no acaban de llegar. Me paro una vez más y miro arriba y abajo. Nada. La luna ojerosa de primavera mojada, el eco y yo.
De pronto, no sé si cerca o lejos, como aquel carabinero solitario por las playas de Castilla, aquella tarde de vendaval, un punto, un niño, un animal, un enano… ¿qué? Y avanza. ¡Ya!... Casi no pasa junto a mí. Entonces vuelvo la cara y me encuentro con la mirada suya, brillante, negra, roja y amarilla, mayor que el rostro, todo y solo él. Y un negro viejo, cojo, de paletó mustio y sombrero de copa mate, me saluda ceremonioso y sonriente, y sigue, Quinta Avenida arriba… Me recorre un breve escalofrío, y, las 
manos en los bolsillos, sigo, con la luna amarilla en la cara, semicantando.
El eco del negro cojo, rey de la cuidad, va dando la vuelta a la noche por el cielo, ahora hacia el poniente…

Juan Ramón Jiménez.Tomado de Diario de un poeta recién casado, 1916.


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NY Subway, Sleeping
Juan Ramón Jiménez
La negra y la rosa.

La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano.
La rosa y el sueño apartan, en una superposición mágica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas, la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas.— Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.
            ¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconsciente, la cuida —con la 
seguridad de una sonámbula— y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. —A veces, se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera—.
Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido, apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos, como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra exalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad…

Tomado de «El amor en el mar» en  Diario de un poeta recién casado, 1916.

Las fotos convocan a la narración, la imagen es una ilusión a través del ojo diestro del artista, una especie de consuelo grafico que puede trasformar una escena cotidiana en una  memorable, una foto artística puede sustituir la nostalgia de un recuerdo cuando el fotógrafo capta un gesto vital de lo que nunca fue y logra despertar lo único verdadero, la emoción, el asombro y despierta la imaginación del espectador al construir su propia narración.

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