“Dialogos de Exiliados” de Raúl Ruíz.



Tras partir al exilio a Europa el 11 de octubre de 1973, justo un mes después de la caída de Allende, Raúl Ruiz no demoró demasiado tiempo en retomar su carrera. El alemán Peter Lilienthal (El ciclista del San Cristóbal) lo invitó a realizar unos trabajos para la televisión alemana, y luego de eso, ya en marzo de 1974 Ruíz estaba filmando su primera película fuera de Chile. Fue una película por encargo comisionada por una organización de refugiados políticos ubicada en Ginebra y dependiente de las Naciones Unidas. El resultado de ese trabajo recién hoy -33 años después- tiene estreno comercial en una sala chilena.

Diálogo de exiliados provocó cierto escándalo entre los exiliados chilenos. “La gente decía que era muy liviana, y en verdad lo era. Pero no me parece que eso sea algo malo”, recuerda el director chileno en el documental Raoul Ruiz, du Chili à Klossowski del francés Jérôme Prieur. Hoy esa “liviandad” tiene un tono sarcástico y algo profético, como pasa a menudo con las películas de Ruiz. El argumento es simple: un grupo de exiliados chilenos intenta insertarse en París, y en esa búsqueda rebrotan sus vicios más pesados: la incapacidad de organizarse, el asambleísta inoperante que los obliga a votar hasta para tomar hasta las decisiones más nimias, las diferencias de clase entre los exiliados burgueses y los exiliados obreros, y en particular, la vacía retórica de un discurso político más preocupado de conseguir aplausos (y fondos de ayuda internacional) que de resolver algo.

Por supuesto, este lenguaje, esta manera de enfrentar el mundo a partir de un discurso enrevesado es una de las constantes fílmicas de Ruiz. De qué hablamos cuando no hablamos de nada, o en este caso, cómo pueden dialogar personas que precisamente están exiliadas por su incapacidad para hacerlo. Ruiz va más allá de la ironía. Cuando hace aparecer el personaje de Fabio Luna (Sergio Hernández), un cantante de segunda que llega a quedarse con los exiliados y que es de los chilenos que apoya el régimen de Pinochet, no es tanto una necesidad del plot como una manera de hacer enfrentar dos discursos delirantes. Los exiliados, antes que “sacarle la cresta”, deciden hacerle un “secuestro a la chilena”, es decir, invitarlo a comer, a tomar y que no llegue a cantar al Olimpia de París. Luna disfruta tanto el secuestro que ni se da cuenta hasta que ya es demasiado tarde.

Estos discursos enfrentados están en todas las escenas de la película: desde la primera, cuando un francés intenta adivinar la nacionalidad del chileno, y el chileno prefiere ser confundido por un extranjero antes que confesar su origen; luego, los chilenos que hablan en francés entre ellos para practicar el idioma, y que luego critican cuando otro chileno anda más preocupado de la realidad francesa que de la chilena; en la tercera escena, un francés de alguna institución de ayuda internacional se entrevista con un chileno, pero no lo deja hablar, y se ufana de conocer mejor a Allende y la situación chilena que el propio chileno.

Más tarde, esos discursos enfrentados reflejan la distancia entre el exiliado obrero que intenta hacer una huelga de hambre y el exiliado intelectual que le pide que desista; el exiliado de clase alta que intenta explicarle a un periodista brasileño cuán importante es su familia en la historia de Chile, o cuando el exiliado argentino (el cineasta Edgardo Cozarinsky) establece las reglas del buen expatriado. A veces los diálogos de exiliados son simplemente una constatación sobre cómo se entienden la realidad francesa (en directo) y la realidad chilena (a la distancia). “Leer Le Monde es una actividad propia de chilenos” o “está media hedionda esta carne” son esa clase de constataciones.


Diálogo de exiliados bien podría ser la última película de la época de la UP que realizó Ruiz, la tercera de una suerte de trilogía política conformada por El realismo socialista y La expropiación. Pero también podría ser el engranaje faltante para terminar de entender el modo de hablar de los personajes ruizianos: el cantante de Diálogos de exiliados vive su propio soliloquio tal como lo vivía el profesor de Palomita blanca y un sureño Luis Alarcón en Tres tristes tigres. Vivir el soliloquio es también lo que define a los narradores de las películas siguientes de Ruiz como Coloquio de perros, Hipótesis de un cuadro robado o Las tres coronas del marinero.

Acaso la experiencia fílmica no sea más que una experiencia retórica. Acaso las palabras, cuando significan más de los que significan, sean como los espejos: reflejan en un discurso a otros cientos de discursos implícitos, como cuadros dentro de un cuadro, como infinitos links que multiplican la experiencia del espectador en cada revisión de la película, y que mantienen vigente y fresca y vigorosa y divertida a este Diálogo de exiliados, incluso hoy, tres décadas después de terminada.

Diálogo de exiliados
Francia/Suiza, 1974
Dirección y guión: Raúl Ruiz
Producción ejecutiva: Raúl Ruiz y Percy Matas
Producción y montaje: Valeria Sarmiento
Dirección de fotografía: Gilberto Azevedo
Sonido: Alix Comte
Elenco: Daniel Gélin, Francoise Arnoul, Huguette Faget, Sergio Hernández, Carla Cristi, Luis Poirot, Edgardo Cozarinski y Percy Matas
115 minutos

SINOPSIS
Más una inversión libre que una versión libre del texto homónimo de Bertolt Brecht, Diálogos de exiliados despliega una mirada irónica sobre los chilenos en París, poco después del golpe militar de Pinochet a Salvador Allende. Así, Ruiz erosiona hasta derrumbar todas las pequeñas formas de la supervivencia, la recolección de fondos, el aprendizaje de las reglas, el pedido de ayuda a grupos de la izquierda humanista internacional, con un sentido del humor refinadísimo. No hay nostalgia aunque sus personajes estén encerrados, aunque siempre hablen de Chile y bailen cuecas y reproduzcan los modismos de un uso del habla que Ruiz convirtió en centro de su filmografía arborescente, tanto como sus diálogos y situaciones circulares de desenlace incierto, en una forma del juego tomado con total seriedad, un "juego de la oca" que al terminar recomienza, hasta demostrar que la paradoja es el gran absurdo filosófico. Sin orillar jamás la gravedad del exilio que tantos films y dividendos permitió a quienes lo volvieron profesión, Diálogos… es una película que gana su batalla a la distancia, acalladas las críticas feroces de las buenas conciencias de su tiempo. Además del ojo y oído únicos de Ruiz para ver actores donde nadie los vería, y de un notable Daniel Gélin, Edgardo Cozarinsky compone a un argentino de esos expertos en nada que pueblan su cine, y que aquí, precisamente, explica cómo adaptarse a la sociedad francesa, justo él, el inventor de la palabra expatriado.



CINE DELGUIYE
Ciclo de Cine Universidad de La Frontera de Temuco / cinedelguiye@gmail.com

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