Edelmirita, mi novelita rosada.



Dedicado a alguien que me gustaría lo hubiera leído 
 ya no está.

Soy tertuliana y por eso este auto comentario, hablando conmigo. Me gusta mi novelita la que llamo rosada aunque el amor de los protagonistas es intenso y muy romántico, diría que hasta sagrado, el mundo que los rodea resulta adverso sobretodo por los fanatismos religiosos que lo rodean y los prejuicios de la época, que a mi modo de ver son los más crueles y despiadados con los seres humanos por la manipulación de los sentimientos y el temor a las ideas que la iglesia se ha encargado durante siglos de inocular en los hombres de este planeta.
Me gusta recrearme dentro de mis personajes, hasta llegar a meterme en su piel, ser ellos en algunas circunstancias, si  quieren dominarme lucho, eso si siempre los tomo en cuenta, aunque logren vencerme, los dejó gozar de un libre albedrío fantástico, el que me invento para mi, el que me hubiera gustado para llevar mi vida, pobre mujer con tantos tatuajes y tontadas pero lo hago con una devoción que casi parece un ritual . Si han existido, si fueron habitantes de este mundo, mejor, los tomo y empiezo a rodearlos de las leyendas cargadas de misterios que solo la mente de los pueblerinos con la autenticidad de algo que fue y la sabiduría , o más bien la fantasía ha ido conformando poniendo algo de cada uno de la habladuría popular hasta convertirlo en un mito que de alguna forma guarda su esencia y ahí  me aparezco yo, pluma en mano o teclas, más bien que ya me acostumbre.
Me gusta adentrarme con cierto morbo y, creo no es un invento mío, echarle la culpa a alguien si es la iglesia mostrarme algo irreverente y atrevida, en fin desentrañar el alma en todos sus escondrijos. Si volviera a nacer, le pediría a la vida más audacia, alas para desplegar en este mundo de encantamientos, repleto de ficciones tomadas de la realidad.
Mi personaje existió, mi mama me lo contaba, con su encanto y sabiduría me metió en la cabeza muchas historias del apartado pueblecito.  Recuerdo que de niña cuando pasaba por el frente de la vieja casona ya destartalada por el abandono y los años, ella, escondiéndose de seres imaginarios que desde entonces los llamé, los invisibles,  le quedaba tan bien ese gesto, que le dada un toque de secreto y complicidad entre las dos y me decia
Ahi, en ese postigo ella lo esperaba para verlo cruzar la esquina de Pepe Gómez.
Yo, me sentía crecer, ya era grande para que mi mama me hiciera esas confesiones. Como la disfrutaba y como me hacía películas en mi mente infantil tan dada a la curiosidad y los misterios a las cosas prohibidas.

Edelmirita IV.
Muchas historias se fueron desencadenando a partir de su muerte y la presencia de la hechicera beata en los funerales. Era del conocimiento de todos que Gregorio Santisteban  Lorenzo, había dejado más de un centenar de hijos por la zona. Años más tarde cuando se destapó la olla, resultó que casi todos los habitantes del pueblo eran sus hijos, legítimos o no, porque a algunos les daba su apellido y otros tuvieron que cargar con el amuleto de bastardos, pero eran hijos biológicos, eso lo contó la propia Ramona, porque era la comadrona  y todos los nacidos y los que estaban por nacer pasarían por sus manos en Villarroya. Aunque con Goyito todos se confundieron, a este ella lo crió después que la madre expiró el último aliento en sus brazos y se quedó con el niño y la lástima por la muerta. Más bien lo malcrió, porque el niño siempre mostró su cara fea, era violento, enamorado de todas las mujeres que se encontrara por el camino, casadas o no y se decía que abusador con las que estuvieron a su lado, por eso a nadie llamó la atención que la guantanamera un día  en la fiesta de disfraces le atravesará el corazón con un puñal. Entonces se avivaron los rumores y los recuerdos del pueblo tomaron la palabra y las historias pasadas volvieran a la palestra como acabaditas de salir del horno, hasta los muertos protectores se removieron en sus tumbas, pero la que más conmovió fue el que Edelmira y Goyito fueran hermanos. Todos comenzaron a identificar a Goyito con aquel hombre que era visita asidua a la casona, donde ella lo recibía y prodigaba su amor, porque nunca dejó de protegerlo, así era de noble el corazón de la mujer que traía al pueblo alebrestado, cargado de historias, reales o no.
Durante el ritual, ella estuvo a su lado y solo cruzó algunas palabras con la comadrona,  no se escuchó su voz en todo el recinto, solo sus ojos gritaban la pasión que la consumía.  No quedaron dudas que aquella mujer escapada de un lienzo amaba, sus ojos recordaban que estaba viva y que dentro de aquel cuerpo ardía una gran pasión. Sus ojos la delataban, se escapaban acariciadores. Amaba, solo faltaba el nombre, que en Villarroya era lo último siempre en saberse. Sus manos rozaban el rosario, lo acariciaban y  sus ojos fijos en la puerta devoraban al sacerdote que acababa de entrar.
Arcadio Rojas llenó todos  los espacios de la humilde casa de Ramona, allí estaba, robusto y arrogante, como un Dios. Sus ojos inquietos besaban apasionados todo cuanto tocaran, así era este varón que por cosas del destino había renunciado al placer terrenal...
Era todo un desafío entre la inocencia y el pecado.
La bella mujer posó sus mirada aterciopelada en los ojos brujos del santo varón, cualquiera que estuviera al tanto descubriría, que los labios  rotos de tanto soñarlo lo seguían por toda la improvisada pira funeraria, con cierta impudicia, que mal podía disimular o ni ella misma sabía que todos la descubran  y lo mas que llamaba la atención que parecía no importarle, era el amor que rebelde que se le salía por todos los rincones de su bella estampa de hembra en celo.  Un tropel en avalancha salían a borbotones de caricias y besos dirigidos al padre Arcadio Rojas que se mostraba como un monumento al amor que tal vez el atuendo de sacerdote más lo acentuaba, pero al acercarnos nos parecía un Dios irreverente y audaz que miraba con deseos de hombre a la hembra que se le ofrecía.
 Nadie parecía advertirlo, solo una sonrisa socarrona del viejo Dámaso nos decía que el amor había tocado en la puerta de la sacristía y era correspondido.

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