☮ De la mano de Lezama entrando a Paradiso I


"No, no era la noche paridora de astros. Era la noche subterránea, la que exhala el betún de las entrañas trasudadas de Gea. Su imago reconstruía un cangrejo rojo y crema saliendo por un agujero humeante. ¿Se había despedido de Fronesis? ¿Se volvería a encontrar en el puente Rialto en el absorto producido por la misma canción? ¿Cerca estaría Foción en acecho?"
Para conocer la profundidad hay que sumergirse, este consejo me lo dio alguien hace mucho tiempo y no lo olvido lo guardo y ahora  cuando regreso a Lezama, respiro un aire de paz interior, aunque ese aire de grandeza, algo majestuoso no logro quitármelo y me siento tan realizada de vencer los obstáculos que me separaban del pariente. Confieso que sentía cierto envanecimiento cuando los profesores me preguntaban si era familia, yo no tengo tendencias a mentir, eso no y era cuando mi vanidad se ponía en riesgo y aunque decía que no, me venía muy bien que el poeta estuviera condenado al ostracismo y decía un no que se  parecía más a un sí, tonta y petulante ahora me siento, pero son recuerdos hermosos, aprendía a hacerme mujer y a ser adulta, cosa que siempre me ha costado un poquitin de trabajo.


" La otra noche se teñía con el humillo de la tierra, sus piernas gravitaban hacia las entrañas terrenales. Bajaba los párpados, le parecía ver sus ojos errantes describiendo órbitas elípticas en torno al humillo evaporado o el animal carbunclo."

No voy a tratar de deshilachar el texto ni hacerlo añicos entre mis ojos tal vez tampoco a leerlo dos o tres veces como solía hacer antes.  Siempre le temí a no poder llegar al gran sabio, al poeta que los gobernantes no querían que leyera, adopte la pose de  rebelde, me sentí audaz por desafiar a las autoridades, pero no lograba acercarme, no lograba lo que me pasaba con otros autores, ese embeleco que cogía con Dostoiewski, con Rulfo, con los novelistas franceses, con Martí, con Juan Ramón y tantos otros, entonces padecía de una especie de adicción a los libros, para mi asombro, lo abandonaba, no sin sentirme algo frustrada y culpable y hasta lo escondía de mis amigos, era un pecado no haberlo leído cuando todos lo habían hecho y yo solo podía recitar algunas notas aprendidas acerca del autor y su obra. Me marcó por mucho tiempo, después cuando sentí que podía decirlo, "No, yo no he leído Paradiso, lejos de sentir que me alejaba de la obra, me le acercaba y cada párrafo que leía me cautivaba, tuve la ayuda de algunos amigos, muy conocedores y amantes de la buena lectura de este libro en particular, imprescindible para todos los que disfrutamos del arte de la lectura.

"Una era la noche estelar que descendía con el rocío. La otra era la noche subterránea, que ascendía como un árbol, que sostenía el misterio de la entrada en la ciudad, que aglomeraba sus tropas en el centro del puente para derrumbarlo. Cosa rara, el claroscuro buscaba más el color rojo cremoso del cangrejo que el dibujo de BUS muelas tiznadas de negro. Se sonrió con cierto temor incipiente, ver cómo en dos carteles lumínicos, muy cerca uno de otro, muela de cangrejo y carie dental."

La lectura de Paradiso siempre estuvo envuelta en un misterio para mí,   para acercarme al escritor más conocido y controversial de mi país, siempre he tenido que enfrentarme con algunos obstaculo, ahora lo leo y cuando lo hago siento que entro en un mundo que me estuvo prohibido. Entro al Paraíso sin la mano de Dante, una Beatriz, abandonada a su suerte, tengo que hacer la travesía sola, por suerte no tendré que atravesar las negras aguas del río Estige, el pantano de los pecadores. Lezama será mi cicerone a través de toda su historia, de seguro haremos buenas migas, es un presentimiento que tengo.


"Le sorprendía la totalidad de la iluminación de la casa. Chorreaba la luz en los tres pisos, produciendo el efecto de un ascendit que cortaba y subdividía la noche en tajadas salitreras. Era una gruta de sal, un monte de yagruma, una línea interminable de moteados de marfil, gaviota, dedales de plata y la sorprendente sutileza con que la lechuza introduce sus tallos de amarillo en la gran masa de blancura. Cuchicheaban, sumergían la conversación, reaparecían dándose un golpecillo en la nariz. Las pecheras sobresalían como un pavón con la cresta de ópalo. No era la blancura sorprendente de la cresta de diamantes, era la blancura espesa del ópalo. Opalescencia, palores, licustre, vida que desfallece a la orilla del mar. Pero hasta allí un abullonado crescendo de la luz, hinchado en bolsa de celentéreo, mordiendo implacablemente el verde en la línea horizontal de la iguana, inflando sus carrillos como en una aleluya de marina consagración.



" Sin sonar los zapatos, parecía que soplaran la puerta de espejo, como si fueran a comenzar a bailar, pues sus pasos al acercarse eran medidamente lentos y aterciopeladamente ceremoniosos. Pero no, se acercaban para preguntar un teléfono o un manantial de chocolate. Daban las gracias, se retiraban, apenas se oían sus sílabas."

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