"Ten cuidado con los sueños: son las sirenas de las almas. Gustave Flaubert (1821-1881)






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Gustave Flaubert ( Francés: ; 12 diciembre 1821 a 8 mayo 1880) fue un novelista francés influyente que fue quizá el máximo exponente del realismo literario en su país. Se le conoce sobre todo por su primera novela publicada , Madame Bovary (1857), por su correspondencia , y por su dedicación escrupulosa a su estilo y la estética . El cuentista celebrado Guy de Maupassant fue un protegido de Flaubert.
Además de considerarsele como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos, escribió su obra dentro del realismo. Tenía una abundante correspondencia con personalidades de la época con damas muy influyentes como princesas y futuras reinas. Cartas que alguna vez de jóvenes leímos , a mi se me parecieron como las escritas por nuestro Jose Martí, cuando a mujeres se refiere, como cuando lo hace a sus hermanas, a la supuesta hija María Mantilla.En el ejemplo escogido es una carta muy íntima que escribe a su musa, Louise Colet.

Disfrutemosla...

Croisset, 29-30 de enero de 1853.
Sí, querida Musa, tenía que escribirte una larga carta, pero he estado tan triste y fastidiado que no he tenido valor. ¿Será el ambiente, que me invade? Me siento cada vez más fúnebre. Mi puta y condenada novela me da sudores fríos. En cinco meses, desde fines de agosto, ¿sabes cuánto he escrito? ¡Sesenta y cinco páginas! ¡Y de ellas, treinta y seis después de Mantes! Lo releí todo anteayer, y me asustó lo poco que es y el tiempo que me ha costado (no cuento el esfuerzo). Cada párrafo es bueno en sí, y hay páginas perfectas, estoy seguro. Pero precisamente debido a eso, no funciona. Es una serie de párrafos modelados, completos, y que no montan unos sobre otros. Va a ser preciso desatornillarlos, aflojar las juntas, como se hace con los mástiles de barco cuando se quiere que las velas tomen más viento. Me agoto en realizar un ideal que quizá es absurdo en sí. Mi tema a lo mejor no implica este estilo. ¿Dónde estáis, felices tiempos de San Antonio? ¡Entonces escribía con mi «yo» entero! Sin duda es culpa del espacio; ¡el fondo era tan endeble! Además, el punto medio de las obras largas siempre es atroz (mi libro tendrá de cuatrocientas cincuenta a cuatrocientas ochenta páginas, más o menos; voy por la página 204). Cuando regrese de París, pienso no escribir durante quince días, y hacer el boceto de todo este final hasta el polvo, que será el límite entre la primera parte y la segunda. Aún no estoy en el punto al que creía podría llegar para la época de nuestro encuentro en Mantes. ¡Fíjate qué diversión! En fin, sea como Dios quiera. Dentro de ocho días estaremos juntos; esa idea me dilata el pecho.
(...)

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Esta me gusta mucho, por eso la traigo. Son fanatica a las cartas de personalidades o de simples seres que quedan sus huellas en unas páginas, son golosinas sagradas.
Croisset, 23 de diciembre de 1853.
Hace falta quererte para escribirte esta noche, pues estoy agotado. Tengo un casco de hierro en el cráneo. Desde las dos de la tarde (salvo unos veinticinco minutos para cenar) escribo Bovary, estoy en su polvo, de lleno, en la mitad; sudan y tienen un nudo en la garganta. Éste es uno de los raros días de mi vida que he pasado en la ilusión, completamente, de cabo a rabo. Esta tarde, a las seis, en el momento en que escribía «ataque de nervios», estaba tan excitado, gritaba tan fuerte y sentía tan hondamente lo que experimentaba mi mujercita, que he temido sufrir uno yo mismo. Me he levantado de la mesa y he abierto la ventana para calmarme. La cabeza me daba vueltas. Ahora tengo grandes dolores en la espalda, en las rodillas y en la cabeza. Estoy como un hombre que ha jodido demasiado (perdón por la expresión), es decir, en una especie de agotamiento lleno de embriaguez. Y ya que estoy en el amor, es justo que no me duerma sin enviarte una caricia, un beso y todos los pensamientos que me quedan. ¿Saldrá bien? No lo sé (me estoy dando algo de prisa, para mostrar a Bouilhet un conjunto, cuando venga). Lo que es seguro es que desde hace ocho días esto avanza rápido. Que siga así, pues estoy cansado de mis lentitudes. ¡Pero temo el despertar, las desilusiones de las páginas copiadas de nuevo! No importa; bien o mal, es algo delicioso el escribir, el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de la que uno habla. Hoy por ejemplo, hombre y mujer simultáneamente, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque en una tarde de otoño, bajo hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrarse sus párpados anegados de amor. ¿Es orgullo o piedad, es el necio desbordamiento de una satisfacción exagerada de sí mismo, o bien un instinto religioso vago y noble? Pero cuando rumio estos goces, después de haberlos experimentado, me sentiría tentado de elevar una plegaria de agradecimiento a Dios, si supiera que puede oírme. ¡Bendito sea por no haberme hecho nacer vendedor de algodón, autor de vodeviles, hombre ingenioso, etc.! Cantemos a Apolo como en los primeros días, aspiremos a pleno pulmón el aire frío del Parnaso, golpeemos nuestras guitarras y nuestros címbalos y giremos como derviches en la eterna algazara de las Formas y de las Ideas:
“Qué le importa a mi orgullo que un pueblo vano me ensalce… “
Debe de ser un verso del señor de Voltaire, no sé de dónde; pero eso es lo que hay que pensar.
(…)

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Gustave Flaubert ( Francés: ;
 12 diciembre 1821 a 8 mayo 1880) 

Carta de amor de Gustave Flaubert a Louise Colet

Croisset, 4-5 de agosto de 1846
Hace doce horas todavía estábamos juntos, y ayer, en este mismo instante, te abrazaba. ¿Te acuerdas? ¡Qué lejano parece! Ahora la noche es suave y cálida; puedo oír al gran tulipanero de debajo de mi ventana su­surrando al viento, y cuando asomo la cabeza veo la luna reflejada en el río. Mientras escribo, tengo delante tus pequeñas zapatillas; me quedo mirándolas.
Aquí, encerrado y solo, he dejado a un lado todo lo que me diste. Tus dos cartas están en la bolsita bordada y las voy a releer en cuanto haya lacrado la mía. No te es­cribo en mi papel de carta habitual, este tiene un margen negro y no quiero que nada triste pase de mí a ti. No quiero provocarte nada más que alegría, y rodearte de una dicha tranquila e interminable, para compensarte un poco por la desbordante generosidad del amor que me has dado.
Temo ser frío, árido, egoísta… sin embargo, Dios bien sabe qué está pasando por mi interior en este momento. ¡Qué recuerdos! ¡Y qué deseo! ¡Ah! Nuestros dos mara­villosos paseos en carruaje, qué hermosos fueron, espe­cialmente el segundo, con los relámpagos sobre nosotros. Sigo recordando el color de los árboles iluminados por las farolas de la calle, y el balanceo de los saltos. Estábamos solos, felices: yo te miraba todo el tiempo e, incluso en plena oscuridad, todo tu rostro parecía iluminado por tus ojos.
Me parece que estoy escribiendo mal -leerás esto sin emoción-, no estoy diciendo nada de lo que quiero decir. Mis frases se amontonan como suspiros, para entender­las tendrás que añadir lo que debería ir en medio. Lo ha­rás, ¿verdad? Cada letra, cada giro de los caracteres que escribo, ¿te harán soñar? De la misma manera que la vi­sión de tus pequeñas zapatillas marrones me hace a mí soñar con los movimientos de tus pies cuando estaban dentro de ellas, cuando las calentaban. También el pa­ñuelo está allí; veo tu sangre. Desearía que estuviera completamente enrojecido por ella.
Mi madre me estaba esperando en la estación. Lloró al verme de vuelta. Tú lloraste al verme partir. En otras palabras, ¡tal es nuestro triste destino que no nos pode­mos desplazar una legua sin provocar lágrimas en dos la­dos a la vez! ¡Grotesca y sombría idea! Aquí la hierba es verde todavía, los árboles están tan cargados y el río corre tan plácido como cuando me fui; mis libros siguen abiertos en las mismas páginas; nada ha cambiado. La naturaleza exterior nos avergüenza, su serenidad es un reproche a nuestro orgullo. No importa, no pensemos en nada, ni en el futuro ni en nosotros mismos, porque pen­sar es sufrir. Dejemos que la tempestad de nuestros cora­zones nos arrastre donde quiera a toda vela, y en cuanto a los arrecifes, simplemente tendremos que tentar a la suerte entre ellos.
[...] En el tren leí casi un volumen entero. Me conmo­vió más de un pasaje, pero de eso ya hablaré más extensamente contigo después. Como bien puedes ver, soy incapaz de concentrarme. Esta noche no me apetece nada ser un crítico. Solo quería enviarte otro beso antes de dormir, decirte que te amo. Apenas si te había dejado -y cada vez más a medida que me iba alejando de ti- cuan­do mis pensamientos ya volaban de vuelta a ti, más velo­ces incluso que el humo que veía ondulando hacia atrás desde el tren. (Mi metáfora implica la idea de fuego: perdona la alusión.) Aquí: un beso, rápidamente -tú sabes de qué tipo-, del tipo al que se refiere Ariosto, ¡y otro y otro! Aún otro, y por último uno más justo debajo de tu barbilla, en el lunar que amo, donde tan suave es tu piel; y otro en tu pecho, donde reposo mi corazón. Adieu, adieu. Todo mi amor.



"Ten cuidado con los sueños: son las sirenas de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos.


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