Por el ojo de una cerradura. Parte I



Me ha pasado muchas veces que me he sentido dueña de todas las palabras que existen cuando leo a ciertos escritores, claro soy dada a los asombros y finalmente como dice Vallejo, el peruano, que murio en París un día de aguaceros, que me sucedan estas cosas:

 Por sus recodos
espirituales, yo me iba
jugando entre tiernos fresales,
entre sus griegas manos matinales.


Me ocurrió cuando en mi islita leía a Cien años de Soledad, fui por un tiempo dueña de un mundo inusual y hubiera descubierto el realismo mágico si muchos no se me hubieran adelantado. Tambien me paso con Carpentier con El reino de este mundo, el vocabulario exótico que se modifica en las descripciones y los ritos me hacían volver la página porque me enredada en la naturaleza exuberante y exótica y no me dejaba nada de la trama, regresaba entonces. Con Cien años de soledad iba rápido y lo lei y lo releí golosa del paisaje, de la verborrea infinita y la gente es decir los personajes. Me sentía una protagonista más de la saga, recuerdo a Rosario,la bella quería ser como ella, no por bella, solo quería volar ...

De Paradiso.

 La brisa tenía algo de sombra, la sombra de hoja, la hoja mordida en sus bordes por la iguana columpiaba de nuevo a la noche. La noche agarraba por los brazos, sostenía en su caída al reloj de pared, dividía el cuerpo de la harina con su péndulo de obsidiana. Cerní sentía la claridad lunar delante que oscilaba como la silueta del pájaro Pong, desde el mar hasta la caparazón de la tortuga negra. La blancura descendía hasta ese capazarón y se hacían visibles para la lectura sus veinticuatro cuadrados emblemáticos.

Me ocurre con Paradiso que leo en estos días, pero es renglón aparte, Lezama es un universo, el Gabo es Macondo, sin enfrentar a los dos grandes escritores tan universal uno como el otro, a Macondo  podemos ubicar en cualquier lugar del planeta, en cualquier momento de la historia; Lezama es un escritor barroco, con un vocabulario algo alambicado que te aturde en un principio hasta que descubres que solo tienes sumergirte en su mundo y flotar, sales y acaricias un diccionario como si te tomaras un agua de coco a la orilla del mar y puede que descubras esas fantasías a las que Lezama hace referencias en la arena, una medusa, una tortuga negra que viven en cualquier universo. En una poesía cerrada asequible a todos los que se le acerquen y aspiren el olor a poesía, a mar , a las galaxias, a lo terrenal, a lo cósmico que flotan como en las películas de ciencia ficción que las imagenes aparecen y solo tienes que sentirlas porque su mundo es un mundo de sensaciones, de donde el lenguaje resulta afrodisiaco que te embruja y vas ingeriendo a través de los ojos, la boca, el oído, el tacto, algo así como las mariposas amarillas del Gabo. dos mundos diferentes, magnéticos con olor a tiempo, con olor a un Eros paradisiaco y a tierra mojada ...

Por la noche Maria Luisa y yo leemos algún libro que nos gusta,
 como el maravilloso Diario de Paul Klee.

Hoy me detuve ante un poema de Gabriel García Márquez, he buscado poco su poesía, sus novelas creo que las he leído todas, no es un escritor de mucha obra, lo que me sucede es más pienso que es tan poesia cuando esta escrita en prosa como en verso y no me preocupaba de buscarlas.  esta la puso un dia una amiga en Facebook, Pilar Lucero, la ley y la guarde como acostumbro cuando algo me gusta lo suficiente para amontonarla en mi rincón secreto.

Aquí la traigo para compartirla con ustedes, yo diría que el escritor se despoja de su ropaje mágico y nos ofrece una poesía desnuda donde expresa sus mas altruistas sentimientos, es un poema para leer y reflexionar, no para volvernos santos, exentos de errores y pecados pero si para conversar un poquito con ese ser superior que todos respetamos, tenga el nombre que le demos en cualquier recodo del planeta.

LA MARIONETA… Gabriel García Márquez

Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos,
perdemos sesenta segundos de luz.

Andaría cuando los demás se detienen,
Despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan,
y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
Vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol,
dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.

Dios mío, si yo tuviera un corazón,
escribiría mi odio sobre hielo,
y esperaría a que saliera el sol.

Pintaría con un sueño de Van Gogh
sobre las estrellas un poema de Benedetti,
y una canción de Serrat sería la serenata
que les ofrecería a la luna.

Regaría con lágrimas las rosas,
para sentir el dolor de sus espinas,
y el encarnado beso de sus pétalos...

Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida...
No dejaría pasar un solo día
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.

Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos
y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.

A un niño le daría alas,
pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres.

He aprendido que todo el mundo quiere vivir
en la cima de la montaña,
Sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada.

He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su pequeño puño,
por vez primera, el dedo de su padre,
lo tiene atrapado por siempre.

He aprendido que un hombre
sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.

Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes,
pero realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo.


Por el ojo de una cerradura, nos convertimos en espías de la obra de muchos escritores.




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