"Ten cuidado con los sueños: son las sirenas de las almas: Gustave Flaubert (1821-1881) .



El que padece de un romanticismo incurable como yo, leanlas mientras tomen una taza de té con zumo de naranja agria y miel de abejas, bien caliente, según la ocasión en compañía agradable... Ah y sigan los consejos de Flaubert, él sabe mucho de estas cuestiones, yo lo sé...

"Ten cuidado con los sueños: son las sirenas de las almas. Ellas cantan. Nos llaman. La seguimos y jamás retornamos"

Gustave Flaubert, novelista francés (1821-1881) .


Gustave Flaubert. Francia Fragmentos de Cartas a Madame Louise Colet, una de sus musas, hubo varias.
Disfrutemosla...

Croisset, 29-30 de enero de 1853.
Sí, querida Musa, tenía que escribirte una larga carta, pero he estado tan triste y fastidiado que no he tenido valor. ¿Será el ambiente, que me invade? Me siento cada vez más fúnebre. Mi puta y condenada novela me da sudores fríos. En cinco meses, desde fines de agosto, ¿sabes cuánto he escrito? ¡Sesenta y cinco páginas! ¡Y de ellas, treinta y seis después de Mantes! Lo releí todo anteayer, y me asustó lo poco que es y el tiempo que me ha costado (no cuento el esfuerzo). Cada párrafo es bueno en sí, y hay páginas perfectas, estoy seguro. Pero precisamente debido a eso, no funciona. Es una serie de párrafos modelados, completos, y que no montan unos sobre otros. Va a ser preciso desatornillarlos, aflojar las juntas, como se hace con los mástiles de barco cuando se quiere que las velas tomen más viento. Me agoto en realizar un ideal que quizá es absurdo en sí. Mi tema a lo mejor no implica este estilo. ¿Dónde estáis, felices tiempos de San Antonio? ¡Entonces escribía con mi «yo» entero! Sin duda es culpa del espacio; ¡el fondo era tan endeble! Además, el punto medio de las obras largas siempre es atroz (mi libro tendrá de cuatrocientas cincuenta a cuatrocientas ochenta páginas, más o menos; voy por la página 204). Cuando regrese de París, pienso no escribir durante quince días, y hacer el boceto de todo este final hasta el polvo, que será el límite entre la primera parte y la segunda. Aún no estoy en el punto al que creía podría llegar para la época de nuestro encuentro en Mantes. ¡Fíjate qué diversión! En fin, sea como Dios quiera. Dentro de ocho días estaremos juntos; esa idea me dilata el pecho.
(…)



Esta me gusta mucho, por eso la traigo. Son fanatica a las cartas de personalidades o de simples seres que quedan sus huellas en unas páginas, son golosinas sagradas.
Croisset, 23 de diciembre de 1853.
Hace falta quererte para escribirte esta noche, pues estoy agotado. Tengo un casco de hierro en el cráneo. Desde las dos de la tarde (salvo unos veinticinco minutos para cenar) escribo Bovary, estoy en su polvo, de lleno, en la mitad; sudan y tienen un nudo en la garganta. Éste es uno de los raros días de mi vida que he pasado en la ilusión, completamente, de cabo a rabo. Esta tarde, a las seis, en el momento en que escribía «ataque de nervios», estaba tan excitado, gritaba tan fuerte y sentía tan hondamente lo que experimentaba mi mujercita, que he temido sufrir uno yo mismo. Me he levantado de la mesa y he abierto la ventana para calmarme. La cabeza me daba vueltas. Ahora tengo grandes dolores en la espalda, en las rodillas y en la cabeza. Estoy como un hombre que ha jodido demasiado (perdón por la expresión), es decir, en una especie de agotamiento lleno de embriaguez. Y ya que estoy en el amor, es justo que no me duerma sin enviarte una caricia, un beso y todos los pensamientos que me quedan. ¿Saldrá bien? No lo sé (me estoy dando algo de prisa, para mostrar a Bouilhet un conjunto, cuando venga). Lo que es seguro es que desde hace ocho días esto avanza rápido. Que siga así, pues estoy cansado de mis lentitudes. ¡Pero temo el despertar, las desilusiones de las páginas copiadas de nuevo! No importa; bien o mal, es algo delicioso el escribir, el no ser ya uno mismo, sino el circular en medio de toda la creación de la que uno habla. Hoy por ejemplo, hombre y mujer simultáneamente, amante y querida a la vez, me he paseado a caballo por un bosque en una tarde de otoño, bajo hojas amarillas, y yo era los caballos, las hojas, el viento, las palabras que se decían y el sol rojo que hacía entrecerrarse sus párpados anegados de amor. ¿Es orgullo o piedad, es el necio desbordamiento de una satisfacción exagerada de sí mismo, o bien un instinto religioso vago y noble? Pero cuando rumio estos goces, después de haberlos experimentado, me sentiría tentado de elevar una plegaria de agradecimiento a Dios, si supiera que puede oírme. ¡Bendito sea por no haberme hecho nacer vendedor de algodón, autor de vodeviles, hombre ingenioso, etc.! Cantemos a Apolo como en los primeros días, aspiremos a pleno pulmón el aire frío del Parnaso, golpeemos nuestras guitarras y nuestros címbalos y giremos como derviches en la eterna algazara de las Formas y de las Ideas:
“Qué le importa a mi orgullo que un pueblo vano me ensalce… “
Debe de ser un verso del señor de Voltaire, no sé de dónde; pero eso es lo que hay que pensar.
(…)



NOTA:
Además de considerarsele como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos, escribió su obra dentro del realismo. Tenía una abundante correspondencia con personalidades de la época con damas muy influyentes como princesas y futuras reinas. Cartas que alguna vez de jóvenes leímos , a mi se me parecieron como las escritas por nuestro José Martí, cuando a mujeres se refiere, como cuando lo hace a sus hermanas, a la supuesta hija María Mantilla.En el ejemplo escogido es una carta muy íntima que escribe a su musa,  Madame Louise Colet.


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