Una escapada al centro de la ciudad de Cuenca, Ecuador.




Me gusta caminar y hacerlo sola. Ese día me levanté temprano con la intención de ir al centro del pueblo, recorrerlo a mi gusto, meterme en todos los recovecos, husmear, observar a la gente y conversar de lo que se me antojara. Ya me habían advertido que si cogía un taxi  tratara de hablar poco porque me darían la vuelta al pueblo y cobrarían más, intenté hacerlo pero cometí el primer error, me senté al lado del chofer nos quedamos frente a frente y el primer disparo-¿Usted es colombiana ?Ay. Dios mío. Lo primero que me vino a la mente fue Raúl Reyes. —No, cubana. —Y el segundo  --¿De la isla o de Miami? Nada, estaba dispuesta a decir la verdad y al tour.---Soy de Miami y quiero ir a la Casa de la Mujer.-  Mi primera sorpresa, no conocía ese lugar y mucho menos dónde quedaba.  ¿Cómo así?  Si ese nombre es viejo por lo tanto nada que ver con Rafael Correa que yo sepa, por mucho que me recordara a la FMC de Cuba .No, que empezara bien, tenía que saberlo o me iba a tomar el pelo y le dije – Frente al parque – pero eso fue después que había chachareado de los temas más insospechados porque los taxistas lo saben todo.  Así que al bajarme le pregunté. Dígame la verdad  ¿No conoce la Casa de la Mujer? Me miró con picardía y después supe que no me cobro de más. Nos despedimos muy cordialmente con una mezcla del indigenismo  y lo caribeño criollo  al mejor estilo latinoamericano,  donde no falto aquí tiene su casa  y yo le ofrecí dos, una en la Habana  y otra en Miami.




Al fin salí del auto y respiré el aire frío de los Andes , estaba frente a la Iglesia Mayor , la nueva Catedral , como la conocen y se divisa desde todos los puntos de la ciudad con sus tres torres que a mí no me parecen muy erguidas que digamos, más bien rechonchas, aunque los viajeros las tomen de referencio, pudieron haber sido más altas,  se  me hubieran antojado algo góticas , cosas mías , porque ellos están muy orgullosos de esta edificación enclavada en el centro de la parte vieja , frente a la antigua , construida durante la colonia y que a mí me gusta más y ahora es un museo o una lugar de exposiciones .



  Supe que había misa por las personas que entraban apresuradamente, seguro ya había empezado y tuve curiosidad y también entré. Siempre que entro a una iglesia  siento la grandeza de un ser supremo porque me veo pequeña, a decir verdad me resultó majestuosa con sus tres naves centrales  y el altar del centro dorado al estilo del Barroco de Indias con los oropeles del oro y la platería que iluminaba toda la estancia. Si, la catedral de Cuenca  te impacta y miras hacia arriba buscando a Dios. Miré a todos los parroquianos, la mayoría cholitas y cholitos, otros, como dicen ellos muy enternados (vestidos los hombres con trajes) y las mujeres elegantes,  diría con cierro empaque que solo he visto en novelas y películas. Me remonté al XIX de mis lecturas galdosianas, seguramente llevaban sus mejores galas para la ocasión, otros jóvenes y niños con ropas más modernas. Yo,  algo anacrónica,  ni tenía la elegancia de las damas, ni era cholita, solo unos ojos que querían abarcarlo todo llenos de asombro, nunca fueron más amarillos .Se me antojaba la iglesia de un eclecticismo neoclásico por más que aparentara ser una imitación del barroco de Indias Tan ensimismada estaba que no reparaba en el sacerdote y los parroquianos, por momentos.  El sobrecogimiento al entrar se me iba pasando y ahora me ocupaba de la arquitectura y sus estilos.



 Me dije , estás en la casa de Dios y busqué el rostro del Padre y en eso se me presentó ante mí una mujer que al principio me pareció muy joven , después supe que era por la forma en que iba vestida ,era como si llevara una bata de encajes de una niña grande con lazos a la cintura y  un color azul pastel muy tierno , en ese momento dejé de sentirme anacrónica , la anacrónica era ella , parecía una estampa del XVIII o del XIX , Me recordaba a mi Edelmira , mira dónde me vine a encontrar con ella pero esta era más desgarbada y el rostro había perdido la frescura , solo aquella bata ridícula hacia recordar ciertos aires juveniles o más bien aniñados . La acompañaba un hombre que no supe precisar si era el marido , el padre o algún hermano devoto , aunque vestía con su terno , no parecía un hombre elegante , el  traje se veía solo de ocasión que lo sacaba del perchero para ir a la misa . Ella estaba arrodillada, él no, parecía que rezaba todo el tiempo, hasta que la tocó por el hombro y pude ver su rostro de mujer asustada que en algún momento tuvo que  haber sido bello. Sin perderlos de vista, avancé al altar mayor, me había entretenido demasiado con mis personajes y casi  no atendía al sermón a pesar de los micrófonos por toda la nave.
 Hablaba de Cristo, desde luego, su concepción y nacimiento. No pude evitarlo ¿Por qué la Iglesia se empeñará tanto en negar la vida, por qué no fue engendrado por María y José en un acto de amor? El final, su muerte para lavarnos del pecado original, cosa que nunca he tenido clara. No quería sentirme culpable por mis dudas y en algunos momentos pensé en escapar, maldije mi educación, me martillaba la idea de mi descreimiento y casi sentí ganas de llorar. Me puse a pensar en todos mis pecados y si merecían que alguien muriera por ellos .En eso, llegó la hora de tomar la hostia ¿Y si me atrevía y la tomaba? Le pregunté al acompañante de Edelmirita y se encogió de hombros. Nada, ya que estaba allí sin la vista de conocidos, iría y la tomaría pero mi espíritu incrédulo me jugaba una mala pasada descubrí que algo se iba apoderando de mi alma y la estrujaba sin compasión, pensé, eso me pasa por no creer en las palabras del sacerdote. Volví a maldecir mi formación  y supe que estaba llorando. Algunos me miraban con compasión.




 No me gusta la compasión, miré a todos lados, estrujándome los ojos, me puse mis gafas oscuras y salí. Ya en la calle, descubrí que mis personajes salían del brazo, pensé ¿Serán marido y mujer? Desistí de la idea, por la forma en que la tomaba, me parecieron más padre e hija, a mi mente pecadora la asaltó la idea del incesto, me arrepentí al momento de este pensamiento, miré a la iglesia y fue entonces que hice la señal de la cruz. Por lo pronto seguí caminando y mi natural peliculero se adueñó de nuevo de mi asombrada persona, que tal una Greta Garbo con aquellos lentes oscuros en una mañana fría y húmeda, pensé, no me estaría nada mal y con este pensamiento empecé a caminar hasta el agotamiento, ni me acordaba que andaba con tacones, cuando iba llegando a la casa me los quité, entré descalza, me acordé de los peregrinos y sonreí.

georgina miguez lima ©.

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